¿Quién cautivo del talento de un gran autor, olvidaría que más allá de ser un talentoso escritor, es también un ser humano? quizá en algún momento lo hagamos todos, pensando luego de leer una obra maravillosa que aquel al que leemos que nos parece tan excepcional, es casi algo fuera de lo común, lo será en la literatura, pero nuestros grandes escritores son tan humanos como cualquiera, y quizá hasta un poco más en algunos aspectos, he ahí el por qué de sus innegables y diferentes talentos.

Hace algún tiempo leí sobre que nada contribuye al proceso creativo más que una buena copa de vino, un  cigarrillo en una noche en penumbra y en la calma, una sesión de arrebatador sexo, o un dulce experimento romántico, como enlazar las manos con alguien amado, porque en esos momentos las sensaciones brotan a flor de piel. No lo sé, igual millones se entregarán con alegría a estas tareas y no resultarán en nada creativos, depende sin duda de cada quien.

Pero volviendo al tema de cuan humanos son nuestros grandes talentos de la literatura, y no por ello dejan de ser lo maravilloso que han supuesto para las letras, nada mejor que echar un vistazo a la correspondencia que mientras estuvieron algún tiempo separados sostuvieron el gran escritor James Joyce y su esposa Norah Barnacle, nuestro admirado Joyce el creador de “Ulises” parece en sus cartas ser un hombre muy sexual, un tanto …veamos, esas misivas que no románticas pero sí de amante anhelante demasiado explícito sí, y no por eso deja de ser Joyce lo que es, un gigante de la literatura, ésta es solo una faceta de su personalidad.

44 Fontenoy Street, Dublín.

Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote perdón por la increíble carta que te escribí anoche. Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico.
Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Sí, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre¡ ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia¡ Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalare un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.
Esto me permite estallar en lagrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi polla mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.
¡Eres mía, querida, eres mía¡ Te amo. Todo lo que escribí arriba es un solo momento o dos de brutal locura. La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi verga esta todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal envestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.
Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mí puta, mí amante, todo lo que quieras (¡mí pequeña pajera amante! ¡mí putita pichadora!) eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.