La vida del poeta guatemalteco  Ismael Cerna, estuvo marcada por la persecusión política y por el cautiverio, nacido en 1856 en Chiquimula, moriría en 1901, a los 45 años de edad.  Su vida se basó en lo que más apreciaba, su dignidad, la que no debía ni podía doblegar ante nadie, y sobretodo la defensa de sus ideales, que pronto le causaron destierro y dolor.

 Cerna era el sobrino del presidente Cerna, llegado al gobierno Justo Rufino Barrios, algunas diferencias entre el pensamiento del poeta, y el gobierno, fueron causando la antipatía del gobernante, y de ahí que sus poemas, se refieran precisamente a aquel, que él consideraba su verdugo, pero tienen un valor histórico además de una validez intemporal, sus anhelos de libertad, y la dignidad que mantenía ante todo, son ideales que no se han perdido en el tiempo…

A JUSTO RUFINO BARRIOS

Y qué? ya ves que ni moverme puedo y aún puedo desafiar tu orgullo vano a mí no logras infundirme miedo con tus iras imbécil, Tirano.

Soy joven, fuerte soy, soy inocente y ni la lucha, ni el dolor esquivo, me ha dado Dios un alma independiente, pecho viril y pensamiento altivo.

Que tiemblen ante ti los que han nacido para vivir de infamia y servidumbre, los que nunca en su espíritu han sentido ningún rayo de luz que los alumbre.

Los que al infame yugo acostumbrados cobardemente tu piedad imploran, los que no temen verse deshonrados porque hasta el nombre del honor ignoran.

Yo llevo en mi espíritu encendido la hermosa luz del entusiasmo ardiente, amo la Libertad más que la vida… y no nací para doblar la frente.

Por eso, estoy aquí altivo y fuerte, tu fallo espero con serena calma, porque si puedes decretar mi muerte, nunca podrás envilecerme el alma.

Hiere… yo tengo en la prisión impía la honradez de mi nombre por consuelo, qué importa no ver la luz del día si tengo en mi conciencia la Luz del cielo.  

Qué importa que entre muros y cerrojos la luz del Sol, la Libertad me vedes, si ven celestes claridad mis ojos, si hay algo en mí que encadenar no puedes.

Hiere bajo el látigo implacable, débil acaso ante el dolor impío podrá flaquear el cuerpo miserable, pero jamás el pensamiento mío.

Más fuerte se alzará, más arrogante mostrará al golpe del dolor sus galas, el pensamiento es águila triunfante cuando sacude el huracán sus alas.

Nada me importa tu furia impotente, víctima del placer, señor de un día, si todos ante ti doblan la frente yo siento orgullo en levantar la mía.

Y te apellidas Liberal; bandido, tú que a las fieras en crueldad igualas, tú que a la juventud has corrompido con tu aliento de víbora que exhalas.

Tú, que llevas veneno en las entrañas, que en medio de tus báquidos placeres, cobarde, ruin y criminal te ensañas con indefensos niños y mujeres.

Tú, que el crimen ensalzas, y encarneces al hombre del hogar, al hombre honrado, tú, asesino, ladrón, tú que mil veces has merecido la horca por malvado.

Tú, liberal, mañana que a tu oído con impotente furia acusadora, llegue la voz del pueblo escarnecido tronando en tu conciencia pecadora.

Mañana que la Patria se presente a reclamar sus muertas libertades, y que la fama pregonera, cuente al asombrado mundo tus maldades.

Al tiempo que maldigo tu memoria, el mismo pueblo que hoy tus plantas lame, el dedo inexorable de la historia te marcará como Nerón, infame.

 

Entonces de esos antros tenebrosos donde el horror y la inocencia gimen, donde velan siniestros y espantosos los inicuos esbirros de tu crimen.
De esos antros sin luz y estremecidos por tantos ayes de amargura y duelo, donde se oye entre llantos y gemidos, el trueno de la cólera del cielo.

Aquí tienes también la sangre mía, sangre de un corazón joven y bravo no quiero tu perdón, me infamaría, mártir prefiero ser a ser esclavo.

Hiere a mí que te aborrezco, impío, a ti que con crueldades inhumanas mandastes asesinar al Padre mío sin respetar sus años y sus canas.

Quiero que veas que tu furia arrostro, y sin temblar que agonizar me veas, para lanzarte una escupida al rostro y decirte al morir: ¡MALDITO SEAS!

 

Muy diferente eran las palabras de Cerna, cuando ha escrito el siguiente poema, a la muerte del caudillo.  Seguía sintiendo lo mismo,  pero se portaba con la grandeza del que sabe comprender el dolor ajeno.

EL PERDON (Ante la tumba de Barrios) No vengo a tu sepulcro a escarnecerte, no llega mi palabra vengadora ni a la viuda, ni al huérfano que llora, ni a los fríos despojos de la muerte. Ya no puedes herir ni defenderte, ya tu saña pasó, pasó tu hora; solamente la historia tiene ahora derecho a condenarte o absolverte. Yo que de tu implacable tiranía una víctima fui, yo que en mi encono quisiera maldecirte todavía. No olvido que en un instante en tu abandono quisiste engrandecer la Patria mía. Y en nombre de esa Patria te perdono.