La vida del gran orgullo de Dinamarca, Hans Christian Andersen, estuvo marcada desde su nacimiento por el infortunio.  El hijo de un joven zapatero  casado con una mujer mayor  y frustrado por no poder alcanzar sus sueños, marcaría irremediablemente al futuro escritor, peor aún sería su vida cuando al morir su padre, su madre una mujer superticiosa y ruda  se dio al alcoholismo, que le causaría la muerte, cuando el autor era aún joven.  La gente podría pensarse que Andersen,  como tantos grandes escritores, tuvo una aventajada educación que le valió para escribir muchos libros infantiles que aún hoy en día deleitan al público.

Andersen nacido en Odense, Dinamarca en 1805, vivía en una triste choza con sus padres, que sin embargo, no le dieron malos tratos, pero lo dejaron a su libre decisión, como si un niño  pudiera por si mismo manejar su vida.  A la muerte de su padre, Andersen se trasladó sin más que un poco de dinero en la bolsa y nada más que la ropa puesta a Copenhague, tenía 14 años, y pronto encontró trabajo, él soñaba ser actor teatral, en un teatro cantando y bailando.  Ya había escrito algunos poemas  que no tenían gran atractivo literario y pensaba convertirse en dramaturgo.  Se topo con algunos que le despreciaron y otros que le ayudaron.  El destino parecía inclinarse por aquel joven triste y desgarbado, para nada atractivo, pero si bullicioso y lleno de sueños, tanto que muchas personalidades al conocerle se interesaron por ayudarle.  Fue así que se encontró asistiendo a la prestigiosa escuela Saglese como becado.  Su disposición para el estudio era buena, ya que él solo y en aquella mísera casa de su infancia, se ocupó de aprender las letras y leer a Shakespeare.   En la elegante escuela Saglese, vivió tristes etapas de su vida  y es que el encargado de la misma le tomó ojeriza y le hizo imposible la vida, durante todo el tiempo que permaneció ahí.  Pero pronto se graduó y fue beneficiado con la protección de Jonas Collin que contribuyó a que pudiera trabajar en sus obras de teatro, publicar sus poemas, viajar, y adquirir una cultura que parecía imposible, para alguien de tan humilde origen.

En 1835, Andersen escribía sus primeros cuentos para niños, y entre aquellos ¿el primero? “La niña de los cerrillos” o “la fósforera” que se dice inspirado por su madre, una mujer que ya dijimos pobre, ignorante, superticiosa y alcohólica.  A este primer cuento seguirían  Pulgarcito, la Princesa y el guisante, y en 1837, uno que ha sido muchas veces y con enorme éxito llevado a la pantalla “La Sirenita” ;  también escribiría “El Patito feo”, “El traje nuevo del Emperador” y “El sastrecillo valiente” y muchos tantos que por siempre le representarían un lugar importante en la literatura.

Anderson murió en Copenhague en 1875 víctima de un cáncer del higado, luego de haber viajado por toda Europa, haber frecuentado personas de noble condición y haberse convertido como en una alusión a su famoso cuento, de un pato a un cisne maravilloso, que la gente siempre quería leer.  De una familia en la que parecía destinado a terminar en la cárcel o la indigencia, tías prostitutas, madre alcohólica, padre tuberculoso; algunas épocas de real míseria en que vagó pidiendo limosna.  Andersen es el ejemplo de aquel que nacido en un ambiente adverso, sobresalió del mismo, como destinado por los dioses a convertirse en un hermoso cisne  y ser admirado por todo el mundo.

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