El espíritu de Hans Christian Andersen rodea la infancia, con todos esos cuentos maravillosos que escribió el gran autor danés.  Nada como pensarse en los recuerdos que nos traen de alguna vez que los leímos siendo niños, son una perfecta forma de rememorar nuestros recuerdos infantiles.  Andersen publicó “El abeto” o “Historia del árbol de navidad” pocos días antes de la navidad de 1844, consiguiendo desde el principio la admiración de todos.

Este abeto es un jóven árbol que no cabe en sí de las ansias de convertirse en un árbol adulto, ya se piensa que gran árbol será retirado de su tranquila existencia en el bosque e irá a algún lugar donde vivirá aventuras divertidas, y es que este inocente abeto se aburre solitario en el bosque pensándose, como tantos, que no es ahí, sino más allá donde está la aventura y la diversión, se deja también como tantos el disfrute de las cosas que le rodean esperando las que no sabe si llegarán.

Pero el día de la adultez del abeto llega, emocionado ve como lo cortan y lo llevan a una casa en plena navidad. El abeto está extasiado con su buena suerte, aquella buena gente le ha adornado como nunca imaginó, y él viéndose se percata que se ve mejor que nunca. Está contento con esas luces y adornos navideños, y se piensa ingenuo que,  así será la vida, luces y alegría, como la que se respira en aquel hogar en aquella temporada.

Pero la navidad como todo en la vida,  pasa, y el abeto es enviado fuera del salón. Los adornos volverán a las cajas y las luces no se prenderán hasta la próxima navidad y como si no fuera suficiente, es destinado a servir de leña para alimentar el fuego de la chimenea. Sus días maravillosos han terminado y a esta conclusión llega el pobre abeto, cuando es muy tarde para darse cuenta que se perdió lo mejor de la vida, y que lejos de disfrutar el presente cuando lo tenía se la pasó añorando un futuro que resultó menos promisorio de lo que imaginaba.

Una enseñanza dentro de un cuento navideño, no solo para los niños para quien escribía Andersen sino para todos. Con cuanta facilidad nos olvidamos que el tiempo sigue su curso, y que nuestros días no son eternos. Que el futuro desconocido no es algo sobre lo que debamos empeñar nuestra felicidad, el momento de vivir es aquí y ahora, disfrutar y gastarnos la vida a su debido tiempo.