Cuando nuestros ojos se encontraron a través del seto,
pensé que iba a decirle alguna cosa; pero ella se fue.
Y la palabra que yo tenía que decirle se mece día y noche,
como una barca, sobre la ola de cada hora.
Parece que navega en las nubes de otoño, en un ansia sin fin;
que florece en flores de anochecer,
y busca en la puesta del sol su momento perdido.
Chispeaba la palabra, como las luciérnagas, por mi corazón,
buscando su sentido en el crepúsculo de la desesperanza;
la palabra que yo tenía que decirle.

No hay peor sentimiento que las palabras que un día dejamos de decir, ya fuera que nos acobardó el sentimiento  o que las circunstancias nos impidieron de abrir el corazón, la vida realmente dura poco como para guardarnos lo que el corazón nos exige decir…después de todo no sabemos cuánto puede cambiar nuestra vida con aquello que tanto queremos decir.