Thomas Quincey ha sido un célebre escritor romántico inglés.  Nacido en una opulenta familia, recibió una educación esmerada  y despótica, sus padres como todos los nobles de su época, confiaron la educación del pequeño Thomas, a un tutor, que le educó con severidad tal, que le hizo desdichado en sus años infantiles y le obligó a huir de la casa familiar.   La vida no le fue fácil, lejos de casa, sin haberse graduado y teniendo unos 17 años, hubo de deambular por las calles, alojarse con una prostituta, que lo acogió durante algún tiempo por bondad.     Llevo una vida de soledad y carestía durante algún tiempo, era un joven brillante, con una inteligencia inusual, en un mundo que poco podía entenderle.  De vuelta a la casa solariega, se afanó en los estudios, que concluyó con gran mérito en Oxford.

Lo encontramos en 1804, ya frecuentando algunos círculos literarios y decididamente adicto al opio, el tormentoso vicio que le traería muchos  días turbulentos.  Una migraña que sufría en sus tiempos de estudiante, fue mandada a ser tratada con una pequeña dósis de opio, por un pequeño espacio de tiempo.  Quincey, lejos de abandonarlo se aficionó más al opio, aumentó las dósis y lo hizo su necesidad mayor por el resto de su vida.

Confesiones de un inglés comedor de opio” es su autobiografía, en la que relata la lucha que llevo toda su vida, por desprenderse de aquel vicio, que aún así no logró nunca.  El fue escritor de muchas más obras literarias, un connotado crítico literario, un escritor exitoso en varias revistas, hasta su muerte acaecida en 1859.   La historia le ha reservado un lugar importante, por su estilo que ya entenderíamos, según lo dicho por algunos historiadores, influenciado por su vicio del opio, que como aquel otro escritor, Lewis Caroll   habría de ver su obra desde las alucinaciones del láudano.

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