Ernest Hemingway era un hombre complicado, a quienes sus “demonios” no dejaron mantener muchas veces la calma, y sin duda contribuyeron al triste desenlace de su existencia, cuando aquel 2 de julio de 1961, apuntó a su boca su vieja escopeta y de un balazo truncó su vida.  Hemingway era también, han dicho alguno de sus biógrafos, un hombre tremendamente exigente, un padre descuidado y frío con sus hijos, pero era además, y esto es lo que a los lectores nos concierne, una mente privilegiada que sabía trasladar a la pluma, emociones y sentimientos con un bosquejo de personajes, lugares y situaciones, que logran convencer al lector de adentrarse hasta el final, y aún releer cualquiera de sus grandes obras literarias.

 En 1929 ve la luz  ”Adiós a las armas” que luego se convertiría en un excepcional guión cinematográfico, como pocas veces sucede.  Aquel libro, de los primeros que llenarían de gloria al célebre autor de Chicago, está inspirado en las vivencias que Hemigway tuvo cuando, apostado con el ejército en Italia, recorrió Europa, aún como el personaje, Frederick Henry, es herido, se enamora, se acaba el amor, se acaba la guerra, pero el horror que para cualquiera en el campo de batalla supone esa misma guerra, es magistralmente retratada por Hemigway, que a partir de ahí inicia una gran trayectoria en la literatura.

Es un tremendo libro sobre la guerra, sobre el amor, y es junto a otra tremenda obra literaria de Hemingway “Por quién doblan las campanas” el retrato literario de un galardonado autor a los hechos que en su momento ocurrían en un mundo sumido en la primera guerra mundial, y en el segundo en la cruenta guerra civil española, que tanto pesar causó a los implicados, entre ellos el señor Hemingway, que había tomado un trabajo años atrás como corresponsal de prensa y que convertido en un talentoso corresponsal de guerra, vivió de cerca los hechos históricos de la guerra civil en España, que dieron fruto en esa otra novela, a la que yo personalmente siempre pienso debe ser leida, con la misma atención y devoción con que una se lee “Adiós a las armas”.

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